sábado, 5 de abril de 2025

Entrega de Premios en el Instituto San Isidro

 En  1903 se instala luz eléctrica en el instituto San Isidro y se reforma la Capilla donde anteriormente se situaba el aula de Química que se traslada a la Facultad de Ciencias, se realizan unas reformas que la convertirán en Salón de Actos donde se entregarán anualmente los premios a los estudiantes que han obtenido mejor expediente.

Contamos con imágenes de cómo fue aquella transformación:

En la Cabecera un retrato de Alfonso XIII bajo un dosel,  sobre el vemos el cuadro donde Aparece Jesucristo como señor de la ciencia que tapaba en el fresco a Palas Atenea con el escudo real de los Borbones



En los pies del recinto había una enorme grada donde se agolpaban los alumnos premiados.



Vemos una ventana al fondo, hoy en día esta ventana esta tapiada creemos que tras la realización de obras posteriores en la Escuela de Artes .
Vemos estudiantes con sus diplomas enrollados en la mano y  atriles de música del grupo Fundación Caldeiro que conocemos por las memorias del Instituto San Isidro digitalizada



Era frecuente la aparición de ese espacio en las revistas ilustradas  españolas  para informar de la entrega de premios Actualidades, El mundo Ilustrado, el Imparcial y  Estampa:

Revista Actualidades 1909

Foto de la revista Blanco y Negro 11 de abril 1920

Vemos algunas mujeres entre quienes podrían estar las galardonadas que aparecen en las memorias entre ellas: Juana Redondo Granados después sería escritora  exiliada en México, Elena Paunero Ruiz Botánica y conservadora en el Real Jardín Botánico de Madrid, Luisa Heredero e Igarza parte de las primeras colegiadas farmacéuticas, María Loreto Tapia Robson médica pediatra, Amparo Mediavilla Quiroga médica ginecóloga,  Rosa  Rodríguez Troncoso archivera española.



El Mundo gráfico abril 1919
 


El mundo Gráfico


Vitrina de los premios en el Museo del Instituto San Isidro

Relato sobre la Entrega de premios el año 1920-1921
A cargo del Estudiante Jose Gavira Martín publicado en 1973


En la «Capilla»

23 - SABADO.—Procuraré dar a conocer el acto escolar de esta mañana fecundo en impresiones, ya gratas, ya violentas. A las diez estaban las galerías, escaleras y patios del Instituto cubiertas de un gran gentío, estudiantes en su mayoría, y además señoras, caballeros, militares, sacerdotes y catedráticos; difícil era encontrar en tal barullo uno de los habituales compañeros de curso. No hay más que considerar que los chicos que asisten al Instituto como alumnos de él representan menos de la centésima parte del total de estudiantes madrileños, y así es que al concurrir todos a dicho Centro se concibe que apenas se pudiera uno mover en las galerías.

En el patio que precede a la «Capilla» se hallaban unos individuos que prometían alegres ratos: era una banda de música con su director al frente, un señor barrigudo y bonachón. Multitud de muchachas alegraban con sus vestidos de vivos colores los sombríos pasillos, ¡cuánta risa argentina!, ¡cuánto piropo! La multitud abrió paso de improviso y atravesó el anciano don Marcelo, de tiros largos, con una reluciente chistera que, puesta en el suelo, hubiera alcanzado su misma altura. La entrada de la «Capilla» se abrió y con no poco trabajo se logró que cada cual se sentara ordenadamente:
las jóvenes ocupando bancos en primer lugar, los alumnos en las gradas. A los alumnos premiados ya se les había entregado previamente en Secretaría los diplomas. En el estrado se hallaba el Claustro de profesores en pleno: don Remigio, con su perfil enérgico y sus antiparras ahumadas; don Gonzalo, sonriente y retorciéndose sus puntiagudos bigotazos; don Vicente, con su fisonomía cansada y escéptica; don Silvano, leyendo atentamente los nombres que hay esculpidos en las paredes, y además, los catedráticos pertenecientes a los demás cursos, hasta hacer unos veinte.

En el mar de caras extrañas se veían islotes conocidos: los dos hermanos gemelos, empuñando cada cual un diploma; Raquel, nada menos que con ¡cuatro!; Ortiz, hecho jefe de banco y metiendo más jaleo que si todos los encomendados a su custodia gritaran a la vez; Galván, con la vista en blanco, y Lizárraga, intrigado al ver que tres de los nombres esculpidos en la pared formaban consonantes. A mi lado se puso Palacios, fija la mirada en un faro que estaba a veinte pasos de él: la bella Laura, que blandía un diploma y cuchicheaba con sus compañeras mirando a mi infeliz amigo.

Don Carlos, el profesor de Literatura, repasaba unas cuartillas, pues estaba encargado de leer el discurso de rigor. La banda se colocó en un ángulo del salón. Este, una vez lleno, presentaba un golpe de vista hermosísimo.

Empezó el acto con unos golpecitos dados con la batuta por el maestro, alzó los brazos y resonó un alegre pasodoble; una ola de entusiasmo circuló por todos como un rayo y la música hizo latir más aprisa los corazones.

«¿Qué virtud tiene la música —me dijo con voz alterada Palacios, que es algo dado a las filosofías— que oyéndola, si se mira el rostro de una muchacha, aunque sea rematadamente fea, parece celestial?» «Entonces, ¿qué te parece ahora el de Laura?», le dije. Alzó los ojos al techo, sin contestar,
y volvió a abismarse en la contemplación de su adorada. Cuando acabó la música, multitud de manos se unieron para tributarle calurosa ovación.

Un oficial de Secretaría se adelantó con una larga lista y por espacio de quince minutos leyó nombres y más nombres de alumnos premiados si aquello dura algo más son capaces los asistentes de gritarle: «¡Fuera!»
Siguió otra pieza musical; instintivamente miré a Galván, a quien veía ño lejos de mí: tenía la cara encendida, los ojos brillantes, los dientes apretados y con todo el cuerpo seguía los compases del maestro.
Fotografía tomada en torno 1920

Se levantó luego un joven, alumno según supe, que acabó el año pasado, y leyó unas cuartillas en honor del literato Navarro Lcdesma, que fue catedrático de este Instituto. Acabado esto, se preparaba el maestro de nuevo a empuñar la batuta, y los alumnos gritaron a voz en cuello el nombre de una pieza musical que está sobre el tapete, de melodía lenta, pegadiza y agradable; obedeció el cachazudo director y todos nos trasladamos por unos minutos al Paraíso. Habló luego otro señor desconocido para mí y, por fin, alguien de la casa, don Carlos; evocó también la memoria de Navarro Ledesma, alabando a tan insigne hombre, y acabó contándonos un cuento o «enxiemplo» de don Juan Manuel, encaminado a que no olvidáramos a nuestros profesores. Más música y luego el aditamento de todo acto solemne: fotografía y fogonazo correspondiente. Mientras un compañero que tenía al lado me explicaba la composición química de la sustancia que ocasionaba la explosión, mis ojos se fijaron en una humilde y casi insignificante lapidita, de madera, que se hallaba en uno de los muros del salón; no contenía más que un nombre, desconocido para mí, la mención de un pueblo y una fecha. Interrumpí la erudita disertación del compañero y le dije si sabía lo que significaba aquello; me informó que la modesta lápida aquella conmemoraba el acto heroico realizado por un alumno del Instituto en la fecha y lugar que allí decía: veraneando en dicho pueblo salvó la vida, con grave peligro de la suya, a una niña pequeña que cayó al río; acción tan heroica le valió que su nombre fuera puesto en la «Capilla» al lado de tanto hombre sabio y catedrático, para estímulo de los alumnos. Como ignoraba el caso, me interesó bastante.
Pero el acto de reparto de premios tocaba a su fin. Don Marcelo se levantó para cerrar el ciclo de discursos, y lo primero que dijo, hecho un silencio sepulcral, fue esto: «Quiero ante todo deciros... que tengáis cuidado al salir para no atropellarse unos a otros.» El mismo de siempre, con sus salidas de tono. Luego dijo algo más, ya serio, en términos llanos y tiernos; cada vez que nuestro anciano Director tenía que intervenir en un acto escolar como éstos, le cuesta más trabajo el tener que decir algo
porque se emociona mucho.
Luego empezó el desfile. ¡Qué mezcla de sexos, edades, grados, categorías y uniformes desembocaban por aquellas galerías! Es una vez al año cuando una multitud así alegra los pasillos del Instituto. Luego, los habitantes de costumbre lo encuentran al día siguiente más íntimo, al no ver más que las caras conocidas de siempre.

Texto procedente de:

Gavira Martín, José: Diario de un estudiante del Instituto San Isidro 1920 21 Edición Ramón Ezquerra, Anales del Instituto San Isidro IX, Madrid, 1973 












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